Hace dos décadas, un rincón en la esquina de las calles Magazine y Amelia se transformó para siempre. Barú no abrió sus puertas simplemente como un restaurante, sino como una embajada cultural que llegó para llenar un vacío evidente en la escena gastronómica de Nueva Orleans: la ausencia de una propuesta latina de calidad. Lo que comenzó como un sueño audaz se ha convertido en un pilar fundamental de la ciudad, tejiendo una historia de éxito, perseverancia y pasión compartida.
Educar un paladar, conquistar una ciudad
El camino no estuvo exento de retos. “Lo más difícil fue la educación que tuvimos que hacer a nuestra clientela”, confiesa Edgar Caro, Chef y fundador. En 2006, términos como “yuca”, “sancocho” o incluso “arepa” eran conceptos ajenos para el comensal promedio de Nueva Orleans. Barú fue pionero en introducir estas delicias, convirtiendo cada mesa en un espacio de descubrimiento. Caro recuerda que, aunque el desafío inicial fue explicar qué estaban probando, la respuesta fue inmediata: cuando los clientes daban el primer bocado, reconocían la autenticidad y el sabor tradicional detrás de cada plato..
La tríada de influencias: Cartagena, Perú y Venezuela
La visión culinaria de Barú es un mapa personal de la vida de Caro. Su base fundamental es la costa colombiana —su tierra natal—, que le otorga a la propuesta ese sello distintivo de Cartagena. Sin embargo, el menú ha evolucionado gracias a la curiosidad del Chef: la precisión y las técnicas de la cocina peruana (como sus inconfundibles tiraditos) y la conexión emocional con Venezuela, país que marcó su infancia a través de las visitas familiares y la cultura de la arepa.
Esta mezcla no es aleatoria. Caro equilibra la nostalgia de los sabores de su abuela con técnicas contemporáneas y los mejores vegetales de temporada que ofrece el estado de Luisiana. “Mi legado es que comenzamos cocinando con confianza y con orgullo. No le pedimos permiso a nadie para cocinar lo que queríamos; no buscábamos imitar a nadie, sino compartir la cocina con la que crecí”, reflexiona el Chef.
Más que comida, un tejido social
A lo largo de 20 años, Barú se ha convertido en un escenario vital para la comunidad. El restaurante ha sido testigo de hitos generacionales: las parejas que tuvieron su primera cita allí, los matrimonios que celebraron su compromiso y, hoy, esos mismos padres regresan con sus hijos para disfrutar de platos emblemáticos como la Mazorca Desgranada o el ceviche, clásicos que, “los clientes no me dejan quitar del menú”, asegura Caro.

El futuro: Mentoría y nuevos ritmos
Barú no mira al pasado para estancarse, sino para impulsarse. Para celebrar este hito, el restaurante expande su alcance. Este verano marca la apertura de “Las Palmas Social Club” en el segundo piso del edificio, un concepto que elevará la experiencia con cócteles especiales y un espacio dedicado al Latin Jazz, diseñado para ser un refugio de sofisticación y calidez.
Además, la visión de Caro trasciende las hornillas. El Chef desea volcar su experiencia en la mentoría, apoyando a la nueva generación de cocineros latinos que buscan abrir sus propios caminos en la gastronomía. “Quisiera ser parte del crecimiento de otros cocineros jóvenes, verlos abrir sus propios restaurantes y mostrar su herencia cultural”, afirma.
Veinte años después, Barú sigue fiel a su esencia: un lugar donde la música latina es el telón de fondo, la hospitalidad es ley y la comida sabe a hogar, sin importar qué tan lejos estés del Caribe.
Como bien dice Caro: “20 años después, estamos aquí y apenas estamos empezando”.

